Ingresar

Miércoles, 14 De Noviembre De 2018

Escuchar:
FM Pehuenche
Cuentos

El Puente

24 de Abril - Hay sueños que no pueden dejar de ser eso y sólo eso porque (como las utopías) sirven para caminar cargando la vida sobre los hombros y nada más.

Altagracia coloca dos piezas en el rompecabezas que reproduce el puente Golden Gate visto desde la playa Baker. De a poco arma la figura del coloso de hierro y cemento; imponente, suspendido a 227 metros de altura sobre el Pacífico. Se imagina a sí misma tomando esa fotografía mientras la espuma de las olas le acaricia los pies descalzos pero ni siquiera así, tiene la sensación de logro que vale la ocasión. No puede evitar pensar que su vida siempre ha sido eso, una foto perfecta de algo real que está en otro sitio y es mejor. Tampoco puede ignorar que a su reproducción de la bahía de San Francisco en un día de sol le falta una pieza entre la línea del mar y las colinas verdosas del fondo. Será una foto incompleta, rota, pero de todos modos (para tener el mar cerca) va a enmarcarla y  colgarla en la  cocina, detrás del televisor. Una ventana a un sitio al que muy difícilmente algún día pueda llegar. Aunque sueña con vivir cerca de la playa, no puede dejar de preguntarse si es una buena idea o una manera de vivir esperando por el acontecimiento imposible en la línea monótona de su existencia.

La mujer decide hacer una pausa, entra a la cocina y ve las copas servidas de la noche anterior. Una descansa sobre su pie en armonía con la gravedad conteniendo el vino. La otra tumbada de lado, ha regado un hilo tinto sobre el mantel de las grandes ocasiones. En la mesa;  una cena para dos intacta, algunas migas de pan y medio paquete de cigarrillos. En un extremo, sentado en la silla, junto a la copa volcada, un cuerpo muerto, con la cabeza inclinada sobre el pecho y los ojos abiertos. Ella se sienta en la misma silla de la noche sin ruidos, como si no quisiera molestarlo o como si el otro fuera a reaccionar para recriminarle que es tarde, que debería haberlo despertado porque como ella bien sabe, él jamás pasa una noche completa fuera de su casa. Nada de eso sucederá y ella se siente tan liviana como nunca ha sido. Podría decir sus verdades ahora que, está segura, no  van a interrumpirla ni a recordarle su triste condición de plan B en la historia; pero en lugar de eso deja ir un suspiro silencioso y junta las copas y la botella de la mesa. Vierte todo el contenido en la pileta de la cocina y abre la canilla para que el agua arrastre y lave los restos letales del alcohol. Sonríe (no puede evitarlo) mientras limpia. Cuando da su tarea por finalizada vuelve al juego de mesa, ordena las piezas por la similitud de sus colores y luego las subdivide por formatos. Son menos de cincuenta pero aunque coloque todas y cada una en el orden correcto, estará incompleto y eso da por tierra con la plenitud que ella sabe que merece y que ahora (al ver al cadáver) recuerda que tiene la fuerza y el coraje de buscar. Tal vez no lo termine nunca ni lo cuelgue en la pared.

Se levanta y sale a la calle y todo es humedad, sopla un viento frío que casi se puede tocar. Camina con las manos en los bolsillos de la campera que tomó a último momento del perchero en la pared, acompaña los pasos con los dientes apretados y piensa. Piensa en los dos pasajes que encontró sin querer cargados al resumen de cuenta de la tarjeta de crédito cuando estuvo esa tarde en el trabajo sin que él lo supiera, en la maleta que vio en el asiento trasero del auto estacionado en la cochera mientras caminaba rápido entre las filas de autos cuidando de no cruzarse con algún conocido que pudiera comentarle que ella estuvo allí. Piensa en el mensaje en el teléfono proponiendo una cena para esa misma noche. Era extraño una cena tan de improviso cuando cada encuentro se planificó siempre con absoluta precisión. Supo que era una despedida, que la dejarían.

Esta mañana camina desafiando al frío y quisiera que llorar se le diera más fácil. Le duele que de nada sirvan diez años, que todo lo que dio o lo que no pidió por entender su lugar sea una anécdota. Le duele que ya haya pasado su cuarto de hora pero al final de cuentas está entrenada en comprender y perdonar sistemáticamente. Lo que de verdad la llena de furia, lo que no estuvo dispuesta a dejar pasar es el destino final de esos boletos; San Francisco. Lo  averiguó llamando a la aerolínea haciéndose pasar por su secretaria. No dejó que la agente de viajes confirmara los datos de los pasajeros. No escuchó su nombre. Colgó antes cuando ya su cabeza comenzaba a urdir el plan, a elegir mentalmente el vino y la dosis  suficientemente letal.