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Thursday, 13 De August De 2020

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FM Pehuenche
Cuentos

El Cuadrado

3 de Abril - Nuestra familia siempre fue pequeña: tu marido, tus dos hijos, la vecina que era tu única amiga y vos. Me esperan mientras me acerco a paso firme por el pasillo de tierra escoltado por tumbas ajenas y flores muertas. El único sonido que acompaña mis pasos es el del viento entre los árboles. El cementerio es siempre un lugar frío y ventoso. Al llegar saludo con un movimiento de cabeza al que mis sobrinos no corresponden y tu esposo ignora

El féretro se desliza hacia el interior del espacio oscuro y rectangular que será tu morada definitiva y no puedo dejarte ir sin antes preguntarte por qué no lo hiciste, por qué no trazaste un cuadrado que te protegiera; ¿no recordaste que dentro de él estarías a salvo?

La noche en la que se me ocurrió la idea del cuadrado voy a recordarla por siempre; llovía a cántaros, el aguacero pegaba fuerte contra la autopista que nos servía de techo, el alrededor estaba más oscuro que de costumbre y apenas podía verte iluminada por un rayo de luz de los postes de la calle que se filtraba entre los trapos colgantes que hacían las veces de paredes en casa. Recuerdo que te tenía fuerte de la mano, que sollozabas y los dos teníamos miedo, ella había gritado y maldecido todo el día matizando sus insultos con golpes, como la si la culpa de que no escampara fuera nuestra. Mamá odiaba que la lluvia espantara a sus clientes.

Sus clientes eran hombres de aspecto repulsivo que nos miraban con menos atención de la que le dedicaban a las ratas que nos correteaban alrededor mientras ellos se encerraban con esa mujer en la tapera. Después de un rato se iban con la misma indiferencia con la que habían llegado y era entonces cuando mamá se transformaba. Corría. Corría más rápido de lo que nunca la vi correr y cruzaba la autopista por el puente naranja. Cuando regresaba nosotros seguíamos invisibles y todo su amor era para esa bolsita de polvo blanco. Dos líneas blancas y frías que la despegaban del mundo y la paseaban por lugares hermosos. Eso decía.

El cuadrado fue nuestro lugar hermoso. Lo dibujábamos con un pedazo de carbón en el suelo que tuviéramos bajo los pies y nos quedábamos dentro seguros de estar a salvo. Me creías cuando te decía que estar ahí tomados de la mano nos hacía iguales a los chicos que vivían en las casas con ventanales grandes del otro lado de la autopista que tanto nos gustaba espiar. Allí no entraban golpizas, llantos o gritos. No existían los días de buscar a esa mujer en los callejones oscuros del puerto cada vez que se perdía detrás de alguno de sus tantos príncipes de humo. No estábamos solos, no teníamos hambre o frío. No había lugar para el desamparo.

La imaginación es el único escudo efectivo que tiene un niño que no tiene nada.

Estoy frente a tu tumba y aunque ya no soy un niño, acaricio el marcador negro que siempre llevo en el bolsillo de mi saco conteniendo las ganas de delinear en este mismo instante cuatro líneas rectas a mí alrededor en el piso de cemento. Necesito fingir que nada de esto pasa. Los encargados del cementerio nos dan un momento de respetuosa intimidad y el silencio de los primeros segundos es un golpe de destrucción al llanto contenido de tu hija que desborda en lágrimas, en palabras entrecortadas y bronca. Toda la bronca del mundo para una muerte tan absurda. Tu vecina intenta confortarla en vano. Estarías orgullosa de tu hijo, es un hombrecito que aunque toma la mano de su padre y le hunde las uñas en la palma casi hasta hacerlo sangrar, no derrama una sola lágrima. Veo sus ojos grises rotos por el dolor y no puedo dejar de verte a vos en esa tarde en la que todo cambió.

Esa tarde en la que dejamos a mamá durmiendo y nos fuimos sin mirar atrás. No pediste explicaciones; tenías esa fe ciega de hermana menor en mí. Sólo tomamos la única muda de ropa que teníamos y dejamos todo lo que nos faltaba en ese tugurio junto a la autopista. Entre tantas instituciones, familias de acogida, hombres de traje y mujeres de profesional maternidad trazamos muchas veces el cuadrado para protegernos, para que no nos separaran, para sobrevivir en la jungla de niños desesperados de amor y asqueados de realidad. Lo logramos. Fuimos, somos, seremos mucho mejor que una adicta y un padre del que no nos quedan ni recuerdos malos.

Tu familia, tu casa de frente blanco y tu vida de suburbio acomodado. Cumpliste tu sueño y estoy más orgulloso de eso que de mí. Si ya sé que siempre decías que eras vos la que sentía orgullo de su hermano: un cirujano respetado, un hombre de gustos caros y una novia ejecutiva que hoy no quiso llenarse los zapatos de polvo y se excusó en el respeto a la privacidad del dolor de la familia...aunque tenga asistencia perfecta en cualquier rito fúnebre de terreno parquizado.

Los obreros colocan la lápida y lentamente caminamos hacia la salida. Quisiera abrazar a mis sobrinos y prometerles que nada va a cambiar. Quisiera darle un apretón de manos a mi cuñado y decirle que la vieja competencia por ser el hombre más importante de tu vida ya es obsoleta…pero gané yo.

En el conteo de secretos y recuerdos gano yo. Él no sabe que el gris de tus ojos se apagó para el mundo mientras el filo de mi navaja te lastimaba más veces de las que puedo tolerar. Ahora cargo con tu mirada de incredulidad…cómo hago para explicarte que me recordabas demasiado a esa adicta que hizo de mí esto que soy, que a medida que pasaban los años te parecías más y más a ella…como si me desafiara a matarla una y otra vez. Como si con una vez no hubiera bastado.

Te di mi marcador, te pedí que lo dibujaras pero dijiste que eso eran cosas de chicos, que ya no éramos tan inocentes.

Tenes razón a veces, en lugar de un niño, te dejan un monstruo dentro.

 

Cintia Ledesma